Baño de Cajón

por Cristian Fuenzalida.... La Cossogne Diplomatique

domingo, enero 08, 2006

Versículos, Tabernáculos y Sacramentos


Bueno, es cierto, creo que es mucho más sincero reconocerlo, ¿no? La verdad es que desde que nos conocimos nunca habíamos tocado este tema y después de cuatro horas dieciséis minutos y veintidós segundos ya era estrictamente necesario.

Habíamos caminado por aquella calle oscura, llena de borrachos que espetaban fluidos brillantes e insultaban cualquier cosa que se moviera o en su defecto que simulara moverse. Eran la cinco y cuarto de la madrugada y el centro de la cuidad no por eso era más amable. Estaba todo en silencio, salvo por los borrachos y el rechinar de las tablas de alguna casa vacía. Ella me veía con extrañeza como si el haber dicho nuestros nombres y demás datos importantes para el Registro Civil no bastara. Habíamos respetado los actos del habla, los tiempos y las pausas, pero en algún punto algo no estaba funcionado. ¿Qué se necesita para dejar de ser extraño?, ¿es necesario dejar de serlo si en un par de horas cuando despuntara el alba la estación combinación Tobalaba sería nuestro fin?

Digamos y seamos claros al respecto, la sinceridad no es siempre una buena compañera. Muchas veces el acto del arrepentimiento previo al pecado, esa culpa cristiana termina por arruinarnos todos nuestros momentos de placer. Dentro de los tres primeros datos que me dio, luego de su nombre y edad fue un rotundo: “¡Soy Católica!” En aquel momento mi mente comenzó a conjeturar cosas como: “Soy católica y no te puedes acostar conmigo” o “soy católica y si te acuestas conmigo no se lo digas a mi madre”, o definitivamente, “soy católica pero sigamos adelante que me importa una mierda ese detalle”. Para qué diablos etiquetó la relación me pregunto yo. Ahora resultaba que caminaba con una “Católica” por Alameda con Portugal, ¡qué detalle!, nada más epifánico ni mata pasiones que eso.

Mientras le regalaba mis pasos al pavimento trataba de persuadir mis profundos prejuicios morales pues si sus pies se movían al son de los míos era por algo y decir “soy católica” no tenía ninguna importancia en su vida y si no la tenía en la suya menos la tendría en la mía. Podría ser algo como: “Hola soy la tanto y me visto de rojo”; o algo peor: “Hola, soy la tanto y VEO Rojo”. Una noticia terrible pero no por eso la enviaría a la hoguera. Pero, católica, por qué no fue algo más liviano como “soy de la católica”, a mí no me agrada el fútbol. Además, puta que hay iglesias en Av. 11 de septiembre por la cresta. Todo acrecentaba mi confusión, miraba a los travestis y pensaba: “chucha, no me acostaría ni cagando con uno de ellos, pero por lo menos no creo que sean católicos, aunque nunca se sabe”.

Sacramentos, versículos, tabernáculos, monasterios, monjas, monaguillos, la Biblia, esta mujer no podía tener más caras y mientras tanto me hablaba de su familia sus hermanos chicos y sus primos y a mí, para más remate, me estaban dando ganas de conocerlos, de ir a la hora del té con un pie de limón y ver todos juntos algún programa vespertino o mejor aún la teleserie, ofrecerme a lavar los platos y rezar las vísperas frente a un inmenso monstruo de yeso. Diablos, un psiquiatra, a esa hora ni en el persa encontraba.

Dieron las seis treinta de la mañana sentados en Los Leones, y por supuesto y como era de esperarse no había pasado nada, nada de lo esperado, no habría líos, ni recetas falsas ni clínicas clandestinas, ni mentiras, una nueva mañana se avecinaba y llegaba sin novedad. Caminamos hasta Thayer Ojeda, nos besamos cristianamente en la mejilla y cuando iba llegando al andén una voz que venía junto con el soplido del tren murmuró: “podéis ir en la paz del Señor, la misa ha terminado”.



Por Cristian Fuenzalida